El Último de Murnau es una profunda reflexión sobre la condición humana, su identidad y con que facilidad un hombre orgulloso se dirige hacia el abismo. Recrea la historia del portero del lujoso Hotel Atlantic, que debido a su avanzada edad es relevado de su puesto, y trasladado a un nuevo cometido en los lavabos del hotel. Ese cambio supone la perdida de su señorial uniforme, y con el pierde también su orgullo y el respeto de sus vecinos.
Partiendo del guión del prestigioso Carl Mayer, Murnau desenvuelve todo su enorme potencial como director. Se enfrenta al reto de contar una historia solo con el poder expresivo de la imagen, renunciando a rótulos e intertítulos. Los únicos textos que aparecen a lo largo de la película son planos en los que la cámara se detiene sobre un determinado mensaje textual de relevancia para el desarrollo de la historia. De este modo Murnau muestra todo el poder comunicador de la imagen cinematográfica, explotando al máximo el valor simbólico de todo los elementos, bien sea el protagonista o los objetos que le rodean. Su único apoyo es la música, que acentúa el dramatismo de la historia, dando lugar a un excelente resultado final. Lo que Murnau nos enseña con maestría es que a veces las palabras se hunden en la espesura a la hora de transmitir sentimientos, y que la imagen tiene potencial para hacerlo de un modo incluso mejor. El resultado es una obra de una gran continuidad, frente a la ruptura que supone tener que insertar intertítulos explicativos.
Nos encontramos ante la historia del último, y toda la película se cierne en torno a su figura. Él era un gran hombre, y aún que no pertenecía realmente al mundo que pulula por el hotel, era el primero al que saludaban. En su barrio era admirado y respetado, todo el mundo se detenía a saludarle y verlo pasar con su señorial andar. Pero llega un día en que pasa de ser el primero al último, un viejo perdido en las profundidades del servicio de caballeros. Y lo más importante, le arrebatan su lujoso uniforme, su identidad, y al verlo alejarse de su pecho se siente degradado como un general al que le quitan las condecoraciones. Todo el filme gira en torno a su caída, los otros personajes no son más que eventuales sombras, y los observamos en relación con el protagonista, pero la única visión que tenemos es la del viejo portero, de modo a veces nos parece que la cámara nos muestra lo que ve con sus propios ojos.
Ante una película centrada exclusivamente en la imagen, se torna fundamental la capacidad expresiva del actor protagonista, Emmil Jannings. A través de una gran interpretación de una enorme gestualidad es capaz de transmitir de un modo excelente todo tipo de emociones.
Detrás de esta historia se esconde una reflexión sobre el mundo que nos rodea, tanto en la Alemania de los años 20, como en la actualidad. Se hace necesario reflexionar sobre lo que somos, de modo que no nos arrebaten nuestro “uniforme” y nos conviertan en nada. Podemos pensar que se trataba de un hombre vanidoso, que se refugiaba en una apariencia que lo convertía en el héroe de su barrio, pero el personaje que observamos va mucho más allá, y una visión tan sesgada podría conducirnos quizás al mismo abismo del olvido. Debemos recalcar el enorme valor simbólico de la obra, el uniforme no era solo una magnífica chaqueta, era parte de él, parte de su identidad, y su paraguas era una especie de cetro. Y en el momento en que le cambian de atuendo y lo acompañan a su nueva ubicación asistimos a su descenso a los infiernos, donde observa apesadumbrado como la puerta se cierra tras de él mostrándole que no hay escapatoria. Su propia figura cambia completamente, al comienzo de la película vemos a un caballero que camina rígido y erguido, como un pavo real pavoneándose, tras la pérdida de su uniforme vemos a un hombre encogido que camina como si cada paso fuese un puñal atravesando su corazón. Esto lo recalca Murnau de un modo soberbio con el empleo de todo tipo de planos.
Pese a ser una historia tan personal, hay quien ve en ella la gran tragedia alemana, y una crítica a alguno de los aspectos de la sociedad en la que Murnau y Mayer vivieron. Quizá desde otra cultura se vea con cierta distancia la relevancia de ese uniforme, pero una reflexión pausada nos muestra que existen otra clase de “uniformes”, que no sólo configuran lo que ven de nosotros, sino lo que somos, o lo que creemos que somos.
Desde el punto de vista técnico esta película es excepcional. Murnau presenta una gran variedad de planos, con una cámara en constante movimiento. La película comienza con un plano magnífico en el que descendemos en el ascensor del hotel, atravesamos el vestíbulo y llegamos a la puerta giratoria tras la cual nos encontraremos al protagonista. El cambio de porteros, se muestra a través de un extraordinario plano en el que la ambos coinciden en la puerta giratoria, en una especie de sucesión involuntaria. Realmente esta película se aleja de los preceptos expresionistas, excepto en determinados elementos, especialmente en la escena del sueño. Debe ser encuadrada dentro de la tendencia del Kammerspielfilm, que combina elementos expresionistas y naturalistas, con una gran complejidad de los movimientos de cámara.
Pero todos estos alardes técnicos son empleados por Murnau con el objetivo de contar la historia de un modo idóneo, se trata de una película rodada totalmente en interiores, y donde tiene especial importancia el juego de luces. Murnau es capaz de crear la atmósfera adecuada para cada momento, la amplitud de la calle o una sensación claustrofóbica en el cuarto donde se ve confinado el protagonista.
Mención aparte merece el peculiar epílogo, donde una historia trágica, se transforma dirigiéndose hacia un final feliz. Sorprende este resurgimiento del personaje, convertido ahora en un generoso millonario, y hasta cierto punto podría decirse que este final no aporta nada al trabajo. Algunos autores han recalcado que este epílogo había sido una exigencia de Jannings. En cualquier caso la calidad de está película permanece intacta pese a este incomprensible final.
Película basada en hechos reales, narra la búsqueda de un norteamericano residente en Chile, por parte de su padre y su esposa. A lo largo de la película, el tono de denuncia se enciende, culpando claramente a las autoridades norteamericanas. Me resulto muy interesante el rol generacional entre el padre (Jack Lemon) y su nuera (Sissi Spacek). Uno un hombre de negocios retirado, católico, y bastante conservador. La nuera, y su hijo, muy liberales, izquierdistas.


